Los sismos de septiembre


Hace mucho que no escribía. Tuve la mera intención un par de días antes del 19 de septiembre, debido al sismo con epicentro el sur de México.

Sin embargo, esta última semana he visto y sentido tantas cosas (al igual que muchos conciudadanos) que necesito poner en papel, y luego en pantalla, lo que me quema la cabeza, y a ratos, las entrañas.

Tengo que escarbar en la memoria hasta el día siete de septiembre. Estaba por apagar la luz de mi recámara cuando comenzó a sonar la alerta sísmica. Estaba muy cansada porque había tenido evento los días anteriores.

– “¿En serio? ¿Ahora?” – pregunté en voz alta, mientras me ponía una chamarra y de nuevo un pantalón apropiado para salir. Al final, me quedé en el quicio de la puerta, esperando el movimiento.

Se sintió fuerte. Como fue largo, tuve tiempo de avisarle a mi mamá que todo estaba bien, mientras las persianas chocaban con la orilla de la ventana. Se fue la luz por segundos, pero nada se rompía, nada caía. “Fue en Oaxaca”- le dije.

Tardé una hora en dormirme, después de las llamadas y mensajes de rigor.

Al otro día, se hablaba de lo mal que la estaban pasado en Oaxaca y Chiapas. Iniciaron las colectas, acopios, envío de buenos deseos y solidaridad. Se suspendió un par de días por los “festejos” del día de la Independencia, claro. Sin embargo, el día 18, aún se sentían las ganas de ayudar y varias iniciativas ampliaron sus plazos para alcanzar a cooperar.

El 19 a mediodía, tuvo lugar el simulacro en conmemoración del sismo de 1985. Muchos en la oficina donde trabajo, desaparecieron misteriosamente a esa hora, bajamos los pocos que estábamos. Hicimos algo más de 10 minutos. Recuerdo que le pregunté a uno de los brigadistas –“¿y ya les ha tocado sismo”-

“A mí aún no”- me dijo.

Yo pensaba mientras bajábamos las escaleras en que, si de verdad temblaba, no íbamos a alcanzar a bajar. A las 11:30 ya estábamos de vuelta en nuestro piso. El 18.  Comentamos con mis compañeras que había sido un ejercicio rápido y que sería una ironía que de verdad temblara. Yo ya traía ese presentimiento desde una noche antes.

En fin, lo dejamos pasar y a la hora en que normalmente ya estoy comiendo, me encontraba en una reunión, para avanzar un poco los pendientes que se habían acumulado.

Y así, sin decir agua va, se dejó sentir el terremoto. Salimos de la oficina, nos acomodamos en las zonas de seguridad. Al primer jalón, le siguió un momento de brincoteos del edificio. Después, solo movimiento oscilatorio, bastante largo. Ironía: la mayoría de brigadistas estaban en otro piso, en la reunión post simulacro.

Yo tenía a la vista uno de los ventanales. Afortunadamente, no vi caer más que un perchero, nada de edificios al fondo. Seguro eso habría incrementado el estrés.

El caos siguió. Bajamos. A muchos les temblaban las piernas. Llegamos a la calle. Fuga de gas. Sol inclemente.  Señal de teléfonos nula. No podríamos regresar por nuestras cosas: bolsas, dinero, llaves, autos.

Caminar era lo que quedaba. Los datos celulares iban y venían, y cuando teníamos acceso a la señal, traían consigo videos de edificios derrumbados, mensajes de angustia porque se habían venido abajo multifamiliares, casas, oficinas.

Cuando al fin llegué a casa y pude entrar (mis llaves estaban en la oficina), tuve que hacerme a la idea de que no había luz, lo que implicaba que en breve faltaría agua. Estaban cerradas las tiendas de conveniencia y mi restaurante preferido.

Fue una tarde en general silenciosa. Las nubes se veían aborregadas. Tomé algunas fotos. Después se comenzaron a escuchar los helicópteros, las ambulancias, el tráfico en la avenida Cuauhtémoc. Yo mientras, intentaba enviar el comunicado a los colaboradores e la empresa entre la intermitencia de datos y tratando de cuidar la pila del celular. Al final, caí rendida de sueño. Eso sí, con pantalón y playera puestos, por si había que salir corriendo.

¿Qué pude ver después del sismo?

Básicamente, los extremos que todos conocemos. El ser humano puede ser tan ruin y mezquino, como altruista y valiente.

Por una parte, la sociedad civil, de la que se habló tanto en estos días, organizándose para llevar apoyo a quienes estaban en desgracia: personas y animales. La colaboración de Protección Civil, el sistema de Transporte Público, el Ejército, todos los grupos de rescatistas que vinieron de diferentes naciones, negocios locales, empresas nacionales.

Personajes e instituciones tan ruines como para lucrar con la buena voluntad de la gente, ya sea reteniendo despensas, apropiándoselas para hacer caravana con sombrero ajeno, engañando y distrayendo la atención, fomentando la sicosis al repetir una y otra vez los videos llenos de destrucción el día 23 cuando ya no había habido más víctimas por derrumbes.

Las redes sociales fueron toda una revolución. Creo que constituyeron la diferencia, junto con las estructuras nuevas y más resistentes de los edificios, para que la tragedia fuera infinitamente menor a la acontecida 32 años antes.

Tristemente, como leí en alguna nota, la corrupción si mata. También la indiferencia. Edificios nuevos, otros ya sentidos por el terremoto de ’85, la escuela Rébsamen, que ya habían sido notificados a las autoridades. O se hizo caso omiso o simplemente se dijeron mentiras para seguir operando.

También están los que se aprovechan, como los que asaltaron en Santa Fe el mismo día 19, cuando muchas personas iban como podían hasta sus hogares. Los que siguen siendo lacras en el metro, aun cuando no les están cobrando y se vuelan las trancas para subirse al vagón que no les toca. Los que publicaron noticias falsas sobre derrumbes, o que robaron las pertenencias de personas fallecidas.

El camino es largo. Espero que las ganas de ayudar no disminuyan y los demás se acuerden de que tenemos paisanos en territorios más inhóspitos que las colonias Roma, Juárez y Narvarte de la Ciudad de México, donde también faltan manos, víveres, agua potable y apoyo moral.

Y si bien la sociedad civil ya demostró que no necesita del Gobierno tan pusilánime que tenemos en estos momentos, hay que reconocer que se requiere de la coordinación con las instituciones, para que todos hagamos lo que mejor sabemos hacer y nuestro país se convierta en una mejor nación para el futuro. No el futuro a 6 o 10 años. El futuro mañana, 28 de septiembre. Estas cosas se hacen con el día a día y debemos de dejar de pensar “que otro lo haga” y hacer cada uno nuestra contribución al bien común.

Anuncios
Sin categoría